¨”Boicotear como una manera de detener abruptamente el actual estado de cosas, como un arma de declinación de la explotación, como una técnica para no seguir sosteniendo lo que no se puede ni se quiere aguantar más. Boicotear, una y otra vez, para encontrarse con quienes ya no quieren más y se juntan para decir basta.” Vir Cano, Borrador para un abecedario del desacato.
“Estoy segura de que tengo demasiada rabia adentro para estar viva y que, a la vez, esta rabia me mantiene viva. No sé si me explico.”
Maria Fernanda Ampueros, Visceral
Me di cuenta de su reciente brote ayer por la mañana. Es curioso: nunca termino de despertarme apenas me levanto de la cama. Suelo hacerlo unos minutos después, cuando sostengo la taza del café del desayuno entre las manos y las noticias de la madrugada empiezan a colarse por la conversación familiar.
—Hoy juzgan a Pabel Muñoz —dice mi mami. —Mmm, tras ello se va a ir. Le van a quitar la alcaldía y va a entrar Yunda —responde mi abuelo. —¿Por qué? —pregunto, como siempre que hablan de política y siento que me falta contexto para sumarme realmente a la conversación. —Porque así quiere Noboa, así quiere el gobierno. Le van a hacer lo mismo que al alcalde de Cuenca. Por tonteras le sacan —responde mamá.
Entonces hago silencio. Me indigno un poco y sigo comiendo. Hay una sensación extraña que empieza a instalarse en mi cuerpo. El café tiene un sinsabor a costumbre. Una bomba ácida estalla en el vientre, pero se extingue casi de inmediato. Le sofoca la utopía. Ese mecanismo casi automático que intenta tranquilizarme diciéndome que algún día nos hartaremos de tanta injusticia y haremos algo. Que algún día las cosas serán distintas. Algún día…
Donella Meadows, citada por bell hooks en Todo sobre el amor, resalta la importancia de la utopía: “Un ideal expresa un futuro intensamente deseado y lo describe de una forma tan clara y atractiva que impulsa a reunir energía, consenso, simpatía, voluntad, política, creatividad, recursos, todo lo que pueda ayudar a hacerlo realidad“. Y yo no puedo estar más de acuerdo con ella. Necesitamos de la ficción para sobrevivir a la realidad. Para desafiar los límites del sistema que nos encierra dentro de sus propias facciones “inalterables” y, por lo tanto, consideradas también naturales e inequívocas. Para repensar los escenarios que coinciden con lo que consideramos “justo” y reconstruir el ideal imaginario de un futuro no necesariamente catastrófico.
Afirma Cano (2021): “Fantasear como quienes fabulan las nuevas arquitecturas de lo factible, como un modo de cartografiar territorios apenas explorados por la acción, el deseo, el dolor y el placer, como una forma de recuperar la fuerza que anida en el juego cuando este desafía los límites de lo real (…) Fantasear con otres, en manada, en soledad, cuando se puede, cuando se lo necesita, cuando se lo desea, cuando es un exceso, y también cuando parece que es lo único que nos queda. Fantasear” (p.25).
Me aferro al fantasear. Me sostengo de él y recurro a él cuando la realidad es un fantasma que muerde. Sin embargo, y muy a pesar de todas las bondades que este ejercicio me proporciona, tengo miedo de la recurrencia con la cual acudo a mis pensamientos utópicos. Porque han dejado de ser una posibilidad, una idea encaminada a la acción, para transformarse en una burbuja. Un refugio en el cual esconderse para evitar los mordiscos del fantasma. Y, lo cierto es que no puedo evitar pensar: ¿de qué me sirve el fantasear si en la práctica no está produciendo cambios en mi realidad directa?

Vuelvo a la charla en el desayuno. Mientras tomo ese café y pienso en mi utopía, me calmo. Apago mis humos. Entro en mi refugio. Pero, tras toda esa fina película que me protege, permanece la pregunta: ¿cuándo llegará ese día?
Y quizá esa sea la pregunta que más inquieta a quienes todavía creemos que otro mundo es posible. Porque imaginarlo no basta. Como menciona Meadows, también debemos encontrar la energía y la forma de construirlo. Y, para mi generación, esa tarea se pone cada vez más difícil.
Ser adolescente y decidir hacer algo para mejorar este mundo lleno de caos es cada vez más complicado. Las pantallas, las redes sociales, la televisión, las pasiones banales, las gratificaciones fáciles, el materialismo excesivo como fuente de felicidad y la creencia de que el amor es un bien inalcanzable, nos consumen con sigilo. Mejor dicho, nos ciegan. Nuestras mentes están tan preocupadas por satisfacer nuestras necesidades individuales que pasamos por alto todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Pienso en los lotófagos de la Odisea, quienes se ven hipnotizados por el consumo de la flor de loto. Aquel fruto mágico que provoca amnesia y felicidad absoluta, haciendo que el que lo coma olvide todo, incluido el camino a casa. Todos quienes nos vemos sumidos en estas problemáticas, porque me incluyo dentro de ellas, tenemos semejanzas con los lotófagos. A veces el aburrimiento es tanto que lo fácil es navegar entre publicaciones insignificantes. Tal vez ni queremos deslizar tanto nuestras pantallas, pero, ¿qué opciones más atractivas tenemos? Las gratificaciones fáciles como la flor de loto que nos ciega en la actualidad.
Personalmente, esto me parece realmente frustrante. Siempre nos dicen que, como jóvenes, somos capaces de movilizar muchísimas masas para producir cambios. Que tenemos la energía suficiente para hacernos escuchar y producir conciencia. Pero ¿cómo producimos conciencia en una sociedad que nos impulsa a ignorarla? Quizá el problema no sea solamente la indiferencia. Quizá sea algo todavía más desapercibido: la costumbre. En cierto punto, como vengo mencionando, una llega a sentir cotidiana a esta desazón, a esta sensación de impotencia —y se lo conlleva mediante distintos mecanismos, en mi caso la ficción—. Una se vuelve parte del paisaje y espera que suceda lo mejor. Y, justamente ello, considero, es el mayor triunfo de cualquier sistema opresor: no que logre convencernos de que es el único modo de vivir, sino que consiga que dejemos de sorprendernos por lo que ocurre en esa vivencia. La injusticia ya no irrumpe, simplemente ocurre. La escuchamos en la mesa del desayuno, la leemos en una pantalla mientras scrolleamos Instagram, con suerte, la comentamos unos minutos y continuamos con el resto del día. Nos acostumbramos a ella.
Pienso que, tal vez, ser muy consciente de todo lo que ocurre en el mundo nos hace menos rebeldes y que, quizá por ello, el sistema busca que tantas personas de mi generación se refugien en otros lugares. Pero estoy convencida de que el problema no es que no miremos. Miramos todo el tiempo. Nunca una generación tuvo tanto acceso a lo que ocurre en el mundo. El problema es que pocas cosas logran interpelarnos, conmovernos. Hemos aprendido a mirar sin dejarnos afectar. La realidad pasa frente a nuestros ojos, pero rara vez consigue quedarse en nosotrxs. Y cuando dejamos de sentir, comenzamos a aceptar.
Pienso en esta sensación como una especie de muerte emocional. Una apatía generalizada que hace que los golpes que recibimos del mundo dejen de doler. Pero, como bien sabemos, que ya no duela no significa que esté bien. Me recuerda a lo que Viktor Frankl (2015) observó en quienes sobrevivían a los campos de concentración:
La apatía, la anestesia emocional y la sensación de que a uno ya no le importa nada eran los síntomas característicos de la segunda fase de las reacciones psicológicas de los internados del campo y, de hecho, permitían que estos pudieran permanecer impasibles ante los sufrimientos diarios. Pronto, el prisionero construía, gracias a la insensibilidad, un muy necesario escudo protector (p.35).
Y me pregunto si no estaremos construyendo nuestro propio escudo. Ya sea evadiendo la realidad —con o sin intención— o refugiándonos en burbujas que nos permiten seguir adelante sin dejarnos afectar demasiado por lo que ocurre a nuestro alrededor. Aceptamos la injusticia porque deja de sorprendernos. Aceptamos la violencia porque termina pareciéndonos cotidiana. Aceptamos la desesperanza porque, de tanto convivir con ella, olvidamos que alguna vez nos incomodó. Y aceptar, poco a poco, también es una forma de acostumbrarse.
Hace un par de días, como disposición del destino, en una reunión, me invitaron a ejercitar la curiosidad como forma de sensibilización, justamente. Me propusieron un reto: aprender a mirar la realidad que me cerca. Al comienzo no estaba muy segura del impacto que podría tener aquel acto, así que se lo pregunté a alguien con mucho criterio en mi opinión. Y esta persona respondió lo siguiente: “No sé si los detalles cambien el mundo, pero sí hacen que nos detengamos y eso sí puede ser visto como un cambio. Detenerse a ver detalles es detenerse en la cotidianidad. No dar por sentado que las cosas tienen una forma y darnos cuenta, en lo mínimo, de sus diferencias”.

A partir de ello repienso el mirar no como quien observa un paisaje desde la ventana del bus, sino como quien se deja alcanzar por él. Mirar con la disposición de que algo cambie dentro de uno mismo. Mirar las conversaciones cotidianas, los gestos mínimos, las palabras que repetimos sin cuestionar, las pequeñas injusticias que sostienen a las grandes. Mirar hasta que aquello que parecía normal vuelva a parecernos insoportable.
Porque aprender a mirar es, pienso, una forma de resistirse a la costumbre. Es negarse a que el dolor ajeno se convierta en una noticia más, a que la violencia se vuelva paisaje y a que la desesperanza termine por parecernos sensata. Mirar es impedir que la realidad deje de dolernos. Es empezar a conmovernos. Como menciona Cano, a propósito de la situación, (2021) “Conmoverse como un gesto radical de ruptura de la inmunidad, de la cerrazón anestésica a la que nos somete la pedagogía sentimental neo-ego-liberal, como un ejercicio afectivo de libertad. Conmovernos como un modo de transformarnos ahí donde es posible la conmoción, el temblor, el abismo del yo” (p.19).
Y tal vez, sea justamente ahí donde la utopía recupere el sentido que yo misma le había quitado. Ya no quiero habitarla como un refugio desde el cual soportar el presente. Quiero habitarla como un lugar desde el cual regresar a él con otros ojos. Que imaginar un mundo distinto no me sirva para escapar de este, sino para volverme incapaz de aceptarlo como inevitable. Que cada ejercicio de imaginación ensanche también mi sensibilidad.

Porque esa, quizá, sea su verdadera fuerza política: impedir que nos acostumbremos. Recordarnos que la realidad no es un paisaje inmóvil, sino una construcción que puede ser cuestionada. Que toda transformación comienza mucho antes que una consigna o una movilización. Comienza cuando una mirada se detiene donde antes solo pasaba de largo. Cuando decide sentir donde antes solo observaba.
Por ello, tú, niño, adolescente, joven, adulto, que lees esto: te reto a mirar. Te reto a ser aguafiestas. Te reto a apostar por lo incómodo. Te reto a dejarte interpelar. Te reto a sensibilizar a los demás. Te reto a no escapar de la realidad, sino a enfrentarla con uñas y dientes. Te reto a que el mundo siga pareciéndote extraño.
por Martina Paredes – Redacción Teens Con Sur
Referencias:
Cano, V. (2021). Borrador para un abecedario del desacato. Madreselva editorial
Frankl, V. (2015). EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Herder
hooks, b. (2022). Todo sobre el amor. PAIDOS
